Quizá
Emmanuel Santiago J.
Miraban al cielo en su rostro se veía la duda, sabían que había desaparecido y nunca más estaría de nuevo, el le dijo pero estaba ahí en ese lugar, siempre estuvo, ella lo volteo a ver yo no estoy tan segura que existiera.
Una estrella ya no estaba, el podía asegurar que sí, que casi existía desde hace de miles de años, ella no estaba segura que en ese lugar estuviera una estrella, pensaba quizá nunca fue la misma, quizá fueron miles de estrellas que pensaron era la misma.
Recuerda, el repetía recuerda estaba en ese hueco de allí, ella no veía ningún hueco, guardaron silencio vieron el espacio y todos los alfileres que pendían de aquel inmenso negro manto aterciopelado y disperso.
Ella lo miro le dijo quizá nunca vimos nada, quizá vimos el reflejo del algo que murió desde hace muchos años, eso son muchas estrellas tan solo el reflejo de algo que murió hace muchos siglos atrás.
El guardo silencio lo medito un instante y dijo tienes razón quizá solo vimos la luz de algo hermoso, algo que murió y viajo por distantes universos y lo pudimos ver nosotros y desapareció para no verlo nunca más.
Los dos guardaron silencio y caminaron por los lados de las vías del tren, por esas largas líneas que van lado a lado pero nunca se tocan.
martes, 3 de febrero de 2009
miércoles, 21 de enero de 2009
viernes, 9 de enero de 2009
otro cuento
Años luz
Ricardo, hijo de un brillante astrólogo, por fin tenía el telescopio que anhelaba desde tiempo atrás. Con apenas doce años, Ricardo esperaba la noche para ver las estrellas con más claridad. Observaba por el cristal y veía como lentamente el horizonte se tragaba el sol y se derramaba la noche.
Todo lo que se movía en el espacio, Ricardo lo seguía con detenimiento. No sabía lo que vería esa noche, no se despegaba del telescopio. Su abuelo pasó por su cuarto y se detuvo se acomodo en el sofá ruidoso que estaba en un rincón desde que Ricardo tenia memoria. -¿Que ves?- preguntó el abuelo con voz temblona. Ricardo no dejó de ver por la lente y respondió –el universo- el anciano lo pensó un momento -¿el universo?- sonrió para él – ¿y que tiene de nuevo el universo?-. Hasta el momento nada, solo se ha ido el sol.
Ten paciencia Ricardo, algo pasará, siempre pasa algo en el universo, sólo que no nos percatamos; siempre hay estrellas fugaces, tal ves un cometa.
Ricardo no hacía caso a lo que el abuelo decía. Por fin el viejo abandonó la habitación, mientras Ricardo escuchaba el sonido del arrastre de los pies de su abuelo. Desde niño le gustaba escuchar las viejas pantuflas arrastrándose en los pasillos, porque sabia que era el ritual del abuelo; ir todas las noches a contarle alguna historia y después se iba y el veía como se perdía la sombra en el pasillo. Últimamente ya no le agradaba la idea de que el abuelo anduviera rondando por su cuarto.
Esperaba atento a cualquier cosa, llevaba horas pegado al telescopio. Su madre lo llamo a cenar y no bajo, sabía que si se despegaba un segundo podría perderse algo interesante. El abuelo le contó alguna vez de las estrellas fugaces, que solo duraban unos segundos. El abuelo siempre le repetía que los momentos más bellos de una vida son como las estrellas fugaces, tan breves que a veces no los vemos.
Era cerca de la una y Ricardo comenzaba a ceder al sueño pero estaba decidido a esperar un tiempo más.
Ajusto la lente y observó, vio un punto de luz que se desplazaba, se despegó del telescopio, se talló los ojos y volvió a observar; era una gran bola de fuego que cruzaba el espacio, corría lento y dejaba la estela atrás. Ricardo no sabía con exactitud que era. Recordó que su padre le habló de los cometas, sabía que eran rocas con gases que llevaban años suspendidas en el espacio y que venían de algún lugar que nunca conocería el ser humano, lo miro, pensó en que eso era un cometa. De repente, en el otro extremo, otra inmensa bola de fuego se desplazaba, Ricardo no lo creía, observaba por el telescopio cómo se precipitaban los astros por el cielo, al igual que una cerilla cuando se prende. Las observó, las dos parecían dirigirse hacia el mismo punto. Veía como seguían deslizándose sin que nada pudiera cambiar su rumbo, hasta que se juntaron y se hicieron una misma e iluminaron el espacio por un breve tiempo. Después todo fue oscuridad y silencio.
Ricardo se quedó mirando en ese punto y ya no había nada. Pensó en lo que acababa de ver, se dejo caer en el sofá mientras la madera lanzaba un profundo lamento, cerro los ojos y recordó a los dos astros que llevaban suspendidos en el espacio tal vez siglos, de galaxias distantes se fundieron iluminando el cielo y después desaparecieron sin dejar nada más que el recuerdo.
Algo en el interior de él ya no era igual, la frase del abuelo la recordó mientras rebotaba en su cabeza y se extendía en el cuarto como el eco. Las rocas estaban años luz suspendidas. Ricardo recordaba sentado en el sofá lo que décadas atrás ocurrió. Pensó que la unión de dos cuerpos crea un momento único y después ¿que queda? Ricardo volteó, vio su cuarto y vislumbró la soledad del espacio y los inmensos huecos que se extienden en él.
Ricardo, hijo de un brillante astrólogo, por fin tenía el telescopio que anhelaba desde tiempo atrás. Con apenas doce años, Ricardo esperaba la noche para ver las estrellas con más claridad. Observaba por el cristal y veía como lentamente el horizonte se tragaba el sol y se derramaba la noche.
Todo lo que se movía en el espacio, Ricardo lo seguía con detenimiento. No sabía lo que vería esa noche, no se despegaba del telescopio. Su abuelo pasó por su cuarto y se detuvo se acomodo en el sofá ruidoso que estaba en un rincón desde que Ricardo tenia memoria. -¿Que ves?- preguntó el abuelo con voz temblona. Ricardo no dejó de ver por la lente y respondió –el universo- el anciano lo pensó un momento -¿el universo?- sonrió para él – ¿y que tiene de nuevo el universo?-. Hasta el momento nada, solo se ha ido el sol.
Ten paciencia Ricardo, algo pasará, siempre pasa algo en el universo, sólo que no nos percatamos; siempre hay estrellas fugaces, tal ves un cometa.
Ricardo no hacía caso a lo que el abuelo decía. Por fin el viejo abandonó la habitación, mientras Ricardo escuchaba el sonido del arrastre de los pies de su abuelo. Desde niño le gustaba escuchar las viejas pantuflas arrastrándose en los pasillos, porque sabia que era el ritual del abuelo; ir todas las noches a contarle alguna historia y después se iba y el veía como se perdía la sombra en el pasillo. Últimamente ya no le agradaba la idea de que el abuelo anduviera rondando por su cuarto.
Esperaba atento a cualquier cosa, llevaba horas pegado al telescopio. Su madre lo llamo a cenar y no bajo, sabía que si se despegaba un segundo podría perderse algo interesante. El abuelo le contó alguna vez de las estrellas fugaces, que solo duraban unos segundos. El abuelo siempre le repetía que los momentos más bellos de una vida son como las estrellas fugaces, tan breves que a veces no los vemos.
Era cerca de la una y Ricardo comenzaba a ceder al sueño pero estaba decidido a esperar un tiempo más.
Ajusto la lente y observó, vio un punto de luz que se desplazaba, se despegó del telescopio, se talló los ojos y volvió a observar; era una gran bola de fuego que cruzaba el espacio, corría lento y dejaba la estela atrás. Ricardo no sabía con exactitud que era. Recordó que su padre le habló de los cometas, sabía que eran rocas con gases que llevaban años suspendidas en el espacio y que venían de algún lugar que nunca conocería el ser humano, lo miro, pensó en que eso era un cometa. De repente, en el otro extremo, otra inmensa bola de fuego se desplazaba, Ricardo no lo creía, observaba por el telescopio cómo se precipitaban los astros por el cielo, al igual que una cerilla cuando se prende. Las observó, las dos parecían dirigirse hacia el mismo punto. Veía como seguían deslizándose sin que nada pudiera cambiar su rumbo, hasta que se juntaron y se hicieron una misma e iluminaron el espacio por un breve tiempo. Después todo fue oscuridad y silencio.
Ricardo se quedó mirando en ese punto y ya no había nada. Pensó en lo que acababa de ver, se dejo caer en el sofá mientras la madera lanzaba un profundo lamento, cerro los ojos y recordó a los dos astros que llevaban suspendidos en el espacio tal vez siglos, de galaxias distantes se fundieron iluminando el cielo y después desaparecieron sin dejar nada más que el recuerdo.
Algo en el interior de él ya no era igual, la frase del abuelo la recordó mientras rebotaba en su cabeza y se extendía en el cuarto como el eco. Las rocas estaban años luz suspendidas. Ricardo recordaba sentado en el sofá lo que décadas atrás ocurrió. Pensó que la unión de dos cuerpos crea un momento único y después ¿que queda? Ricardo volteó, vio su cuarto y vislumbró la soledad del espacio y los inmensos huecos que se extienden en él.
Para todos los rebumbieros con cariño, porque mi mundo, nuestro mundo ya es diferente.
domingo, 21 de diciembre de 2008
otro cuento
EL CINEMA.
Emmanuel Santiago J.
Sentado en la butaca de aquel cine, esperaba el comienzo de la cinta. A mi lado se encontraba una dama joven, de respiración lenta. Delante de nosotros estaban unos niños que hacía un molesto ruido. Eso me indicaba que tenía que preparar mis nervios para aguantarlos durante toda la película. Apagaron las luces. El ruido del proyector comenzó a sonar en la sala. La película iniciaba con música de Luis Alcaraz. La actriz del momento salía con un traje dorado. El salón de baile era inmenso., estaba pintado con tonos pasteles; lleno de bullicio. Sonaban copas. En otro lado se escuchaban las carcajadas de una mujer. De pronto entraba el galán, todo un cinturita. Se aproximó a ella y le dijo algo en el oído. Los colores eran impresionantes. Cada uno de los lugares era un paisaje. Los vestuarios estaban llenos de matices. En aquel momento de la película él le declaraba, por fin, su amor a ella y le prometía cambiar. Y enseguida el villano entraba con un traje negro y la cara rajada. Mientras ellos se besaban, aquel hombre soltaba una carga de plomo sobre el galán. El sonido parecía real, casi podía oler la pólvora. El vestido dorado se manchó de sangre y en el suelo se dispersaba un charco en el que quedaba tendido el cinturita. Un final clásico para un melodrama. La dama de al lado sollozaba y los niños guardaban silencio. Me dirigí a la dama y le dije:
-Estuvo buena la película ¿verdad?
-Sí, señor.
-Estas películas a color me encantan.
-Pero si es en blanco y negro.
Era la ventaja de ser ciego, uno se imaginaba lo que fuera en la pantalla.
Emmanuel Santiago J.
Sentado en la butaca de aquel cine, esperaba el comienzo de la cinta. A mi lado se encontraba una dama joven, de respiración lenta. Delante de nosotros estaban unos niños que hacía un molesto ruido. Eso me indicaba que tenía que preparar mis nervios para aguantarlos durante toda la película. Apagaron las luces. El ruido del proyector comenzó a sonar en la sala. La película iniciaba con música de Luis Alcaraz. La actriz del momento salía con un traje dorado. El salón de baile era inmenso., estaba pintado con tonos pasteles; lleno de bullicio. Sonaban copas. En otro lado se escuchaban las carcajadas de una mujer. De pronto entraba el galán, todo un cinturita. Se aproximó a ella y le dijo algo en el oído. Los colores eran impresionantes. Cada uno de los lugares era un paisaje. Los vestuarios estaban llenos de matices. En aquel momento de la película él le declaraba, por fin, su amor a ella y le prometía cambiar. Y enseguida el villano entraba con un traje negro y la cara rajada. Mientras ellos se besaban, aquel hombre soltaba una carga de plomo sobre el galán. El sonido parecía real, casi podía oler la pólvora. El vestido dorado se manchó de sangre y en el suelo se dispersaba un charco en el que quedaba tendido el cinturita. Un final clásico para un melodrama. La dama de al lado sollozaba y los niños guardaban silencio. Me dirigí a la dama y le dije:
-Estuvo buena la película ¿verdad?
-Sí, señor.
-Estas películas a color me encantan.
-Pero si es en blanco y negro.
Era la ventaja de ser ciego, uno se imaginaba lo que fuera en la pantalla.
martes, 16 de diciembre de 2008
miércoles, 10 de diciembre de 2008
Y porque nadie lo pidió… un cuento
ESPERANZA
Emmanuel Santiago J.
En alguna época, recuerdo caminar una larga calle con un tronco a cuestas. Aquel peso me hacía desfallecer. Mis pies sentían el suelo ardiendo mientras dejaba pedazos de piel en aquella tierra.
Emmanuel Santiago J.
En alguna época, recuerdo caminar una larga calle con un tronco a cuestas. Aquel peso me hacía desfallecer. Mis pies sentían el suelo ardiendo mientras dejaba pedazos de piel en aquella tierra.
Un hombre atrás me azotaba y gritaba, ¡aprisa, que hay que terminar el trabajo! De pronto el calor y el cansancio me hicieron caer. ¡Arriba esclavo! Me levanté con la esperanza de que algo pasara de pronto y parara todo esto. El dolor cerraba mis oídos, un zumbido mezclado con murmullo era lo único que podía escuchar. Observaba aquel pasillo y sólo podía ver el final. Me levanté y seguí caminando, trataba de fugarme a otro lado, pensar en cualquier cosa para no sentir el dolor.
Las gotas de sudor entraban en la carne abierta, era un dolor intenso. De pronto una roca golpeó mi cabeza y resbalé de nuevo. Mi cara comenzó a sangrar. Unas lágrima rodaron sin poderlas contener. Mis ojos se empezaron a llenar de sangre, escupí la que entró en mi boca. Me levanté de nuevo y proseguí mi marcha. Era mejor acabar ya con ese trabajo. Seguí. Por algo estaba en ese lugar. Esa certeza me hacía seguir avanzando. Al final del pasillo infernal algo nuevo me esperaba. A cada paso que daba el final estaba cerca. Crucé los muros para salir de aquel lugar. Cuando me di cuenta que lo que estaba afuera era peor. Seguí caminando. Lo gritos me ensordecían, pero cada paso que daba me sentía seguro.
Por fin llegamos al final de la cima. Bajé la carga, me arrodillé. Unos hombres comenzaron a preparar todo. Cerré mis ojos y disfrutaba de aquel descanso mientras el aire pegaba en mi rostro. Una persona tocó mi hombro, me levantó, me desvistió. Podía sentir la paz por fin. Todo el dolor había valido la pena. Me recostaron, abrí mis ojos, vi el cielo y el sol resplandecía. Dos hombres me sujetaron los brazos y el primer clavo entró en mis pies, en ese momento tuve la primera certeza: Dios no existe.
lunes, 8 de diciembre de 2008
Tratando de ser alguien en la vida
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