lunes, 16 de febrero de 2009

Para los perros del mundo

Tres días


Tres días llevaba afuera de esa casa, lo vi desde el primer día que llego y se sentó algo esperaba de ese lugar, de pronto caminaba un rato dando vueltas y se volvía a sentar pacientemente, con su pelo enredado y amarillento por andar en la calle.

Era pequeñito con ojos negros y un destello de luz, como una pequeña estrella perdida en la inmensidad de un cielo negro, estuvo sin moverse por tres días lo observe desde mi ventana, ¿que podía tenerlo a la expectativa?, sin comer solo mirando, esperando como quien espera la muerte.

Un día la gente salió de la casa y llevaban una linda perrita, un poco más alta que él, solo la vio caminar, sin tomar un poco de aire por la impresión, se hecho en el piso coloco su cabeza sobre sus patas la miro irse indiferente de él.

Comprendí porque esperaba, sentí lo que él sentía, Salí para solidarizarme con el lleve un platito con comida para que su espera fuera menos dura, el solo me veía de reojo no quitaba la vista por donde se había marchado ella, deje el plato a un lado, entre a mi casa de nuevo lo vi que se movió, olfateo y no probo nada se volvió a acomodar a esperar.

El tercer día impaciente daba vueltas veía por un lado por otro, espero la noche salieron los vecinos de la casa, el se emociono espero un rato más en la banqueta, busco y vio un pequeño hueco en lo alto de la pared, brinco y fallo en su primer intento pero él no se rendiría tan fácil, brinco de nuevo hasta que logro entrar en el hueco, poco a poco se deslizaba solo podía saber lo feliz que estaba por la manera en que agitaba su cola.

Entro no se escuchaba nada, espere unos minutos cuando escuche unos ladridos, y su pequeña cabeza tratando de salir, cayó a la banqueta al tratar de escapar.

Se paro miro por el hueco, mientras ella ladraba un rotundo no, el solo la miro dio la vuelta y se fue marchando en sus patas con la cabeza clavada en el piso.

Se fue al poco tiempo lo vi de nuevo, afuera de una casa un poco más flaco, esperaba echado en la entrada, quien sabe que esperaba esta ocasión pero en sus ojos se adivinaba que ya no esperaba lo mismo.


Emmanuel Santiago J.

domingo, 8 de febrero de 2009

pa quien lo entiende

Vivir


El estaba sentado en la banca de un parque como desde hace 40 años lo hacía, Genaro desde hace 40 años rutinariamente llegaba a la misma banca, se sentaba con una bolsita de papel en sus manos.

Todo mundo sabía que él estaría en el mismo lugar, estaba en esa banca mientras el tiempo pasaba como las hojas de los arboles pasan levantadas por los vientos del invierno.
Genaro tomaba su bolsa de papel mientras metía su mano y la sacaba para aventar el arroz a las palomas, las cuales ya podía distinguir, este ritual de alguna manera lo hacía sentir vivo desde hace 40 años.


Pero ese día el se paro como lo hacía desde hace 40 años, fue a la tienda compro el arroz y se dirigió al parque, caminaba lento arrastrando ligeramente los pies, llego se sentó metió la mano en la bolsita lanzo el arroz, sonó en el piso, y nada sucedió, tardo en reaccionar, las palomas estaban inmóviles, en una estatua viéndolo, Genaro por primera vez vio esa estatua, las miro y ellas lo veían, el silencio lo invadió todo como el preámbulo de algo.

De nuevo metió la mano, tomo el arroz y lo aventó una vez más, cayó uno a uno como la lluvia, mientras el sonido se esparcía por todo el parque como gritando algo. Las palomas lo vieron de nuevo, Genaro quedo atónito se vieron por unos segundos, se miraron como diciendo que algo irremediablemente ya no estaba, había desaparecido, las palomas volaron.

Genaro quedo aturdido, un viento corrió, de alguna manera los 40 años se agolparon en ese momento se le dibujaron todas las arrugas, el pelo se le platino, las palomas con el aleteo le gritaban algo que comprendía y que había perdido desde hace 40 años, la rutina le había arrancado casi medio siglo.

Nunca pudo tomar la decisión, nunca se arriesgo. Las palomas decidieron lo que Genaro desde hace mucho tiempo evito. Algo rodo por su rostro y golpeo el piso dividiéndose en minúsculas partículas, Genaro se levanto y se marcho perdiéndose entre los pasillos del parque.
Las palomas ni el volvieron nunca más.

Emmanuel Santiago J.

martes, 3 de febrero de 2009

uno mas

Quizá

Emmanuel Santiago J.

Miraban al cielo en su rostro se veía la duda, sabían que había desaparecido y nunca más estaría de nuevo, el le dijo pero estaba ahí en ese lugar, siempre estuvo, ella lo volteo a ver yo no estoy tan segura que existiera.
Una estrella ya no estaba, el podía asegurar que sí, que casi existía desde hace de miles de años, ella no estaba segura que en ese lugar estuviera una estrella, pensaba quizá nunca fue la misma, quizá fueron miles de estrellas que pensaron era la misma.
Recuerda, el repetía recuerda estaba en ese hueco de allí, ella no veía ningún hueco, guardaron silencio vieron el espacio y todos los alfileres que pendían de aquel inmenso negro manto aterciopelado y disperso.
Ella lo miro le dijo quizá nunca vimos nada, quizá vimos el reflejo del algo que murió desde hace muchos años, eso son muchas estrellas tan solo el reflejo de algo que murió hace muchos siglos atrás.
El guardo silencio lo medito un instante y dijo tienes razón quizá solo vimos la luz de algo hermoso, algo que murió y viajo por distantes universos y lo pudimos ver nosotros y desapareció para no verlo nunca más.
Los dos guardaron silencio y caminaron por los lados de las vías del tren, por esas largas líneas que van lado a lado pero nunca se tocan.

miércoles, 21 de enero de 2009

El hombre es en la vida como un perro tratando de cruzar la carretera.


Emmanuel Santiago

viernes, 9 de enero de 2009

otro cuento

Años luz



Ricardo, hijo de un brillante astrólogo, por fin tenía el telescopio que anhelaba desde tiempo atrás. Con apenas doce años, Ricardo esperaba la noche para ver las estrellas con más claridad. Observaba por el cristal y veía como lentamente el horizonte se tragaba el sol y se derramaba la noche.

Todo lo que se movía en el espacio, Ricardo lo seguía con detenimiento. No sabía lo que vería esa noche, no se despegaba del telescopio. Su abuelo pasó por su cuarto y se detuvo se acomodo en el sofá ruidoso que estaba en un rincón desde que Ricardo tenia memoria. -¿Que ves?- preguntó el abuelo con voz temblona. Ricardo no dejó de ver por la lente y respondió –el universo- el anciano lo pensó un momento -¿el universo?- sonrió para él – ¿y que tiene de nuevo el universo?-. Hasta el momento nada, solo se ha ido el sol.

Ten paciencia Ricardo, algo pasará, siempre pasa algo en el universo, sólo que no nos percatamos; siempre hay estrellas fugaces, tal ves un cometa.

Ricardo no hacía caso a lo que el abuelo decía. Por fin el viejo abandonó la habitación, mientras Ricardo escuchaba el sonido del arrastre de los pies de su abuelo. Desde niño le gustaba escuchar las viejas pantuflas arrastrándose en los pasillos, porque sabia que era el ritual del abuelo; ir todas las noches a contarle alguna historia y después se iba y el veía como se perdía la sombra en el pasillo. Últimamente ya no le agradaba la idea de que el abuelo anduviera rondando por su cuarto.

Esperaba atento a cualquier cosa, llevaba horas pegado al telescopio. Su madre lo llamo a cenar y no bajo, sabía que si se despegaba un segundo podría perderse algo interesante. El abuelo le contó alguna vez de las estrellas fugaces, que solo duraban unos segundos. El abuelo siempre le repetía que los momentos más bellos de una vida son como las estrellas fugaces, tan breves que a veces no los vemos.

Era cerca de la una y Ricardo comenzaba a ceder al sueño pero estaba decidido a esperar un tiempo más.

Ajusto la lente y observó, vio un punto de luz que se desplazaba, se despegó del telescopio, se talló los ojos y volvió a observar; era una gran bola de fuego que cruzaba el espacio, corría lento y dejaba la estela atrás. Ricardo no sabía con exactitud que era. Recordó que su padre le habló de los cometas, sabía que eran rocas con gases que llevaban años suspendidas en el espacio y que venían de algún lugar que nunca conocería el ser humano, lo miro, pensó en que eso era un cometa. De repente, en el otro extremo, otra inmensa bola de fuego se desplazaba, Ricardo no lo creía, observaba por el telescopio cómo se precipitaban los astros por el cielo, al igual que una cerilla cuando se prende. Las observó, las dos parecían dirigirse hacia el mismo punto. Veía como seguían deslizándose sin que nada pudiera cambiar su rumbo, hasta que se juntaron y se hicieron una misma e iluminaron el espacio por un breve tiempo. Después todo fue oscuridad y silencio.

Ricardo se quedó mirando en ese punto y ya no había nada. Pensó en lo que acababa de ver, se dejo caer en el sofá mientras la madera lanzaba un profundo lamento, cerro los ojos y recordó a los dos astros que llevaban suspendidos en el espacio tal vez siglos, de galaxias distantes se fundieron iluminando el cielo y después desaparecieron sin dejar nada más que el recuerdo.

Algo en el interior de él ya no era igual, la frase del abuelo la recordó mientras rebotaba en su cabeza y se extendía en el cuarto como el eco. Las rocas estaban años luz suspendidas. Ricardo recordaba sentado en el sofá lo que décadas atrás ocurrió. Pensó que la unión de dos cuerpos crea un momento único y después ¿que queda? Ricardo volteó, vio su cuarto y vislumbró la soledad del espacio y los inmensos huecos que se extienden en él.

Para todos los rebumbieros con cariño, porque mi mundo, nuestro mundo ya es diferente.

domingo, 21 de diciembre de 2008

otro cuento

EL CINEMA.

Emmanuel Santiago J.


Sentado en la butaca de aquel cine, esperaba el comienzo de la cinta. A mi lado se encontraba una dama joven, de respiración lenta. Delante de nosotros estaban unos niños que hacía un molesto ruido. Eso me indicaba que tenía que preparar mis nervios para aguantarlos durante toda la película. Apagaron las luces. El ruido del proyector comenzó a sonar en la sala. La película iniciaba con música de Luis Alcaraz. La actriz del momento salía con un traje dorado. El salón de baile era inmenso., estaba pintado con tonos pasteles; lleno de bullicio. Sonaban copas. En otro lado se escuchaban las carcajadas de una mujer. De pronto entraba el galán, todo un cinturita. Se aproximó a ella y le dijo algo en el oído. Los colores eran impresionantes. Cada uno de los lugares era un paisaje. Los vestuarios estaban llenos de matices. En aquel momento de la película él le declaraba, por fin, su amor a ella y le prometía cambiar. Y enseguida el villano entraba con un traje negro y la cara rajada. Mientras ellos se besaban, aquel hombre soltaba una carga de plomo sobre el galán. El sonido parecía real, casi podía oler la pólvora. El vestido dorado se manchó de sangre y en el suelo se dispersaba un charco en el que quedaba tendido el cinturita. Un final clásico para un melodrama. La dama de al lado sollozaba y los niños guardaban silencio. Me dirigí a la dama y le dije:

-Estuvo buena la película ¿verdad?
-Sí, señor.
-Estas películas a color me encantan.
-Pero si es en blanco y negro.


Era la ventaja de ser ciego, uno se imaginaba lo que fuera en la pantalla
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martes, 16 de diciembre de 2008

El enfermo






Es un títere que elaboré hace algunos años.